viernes, 7 de agosto de 2009

La noche de las Perseidas

Un año más llega el verano y con él la lluvia de estrellas más famosa: las Perseidas o Lágrimas de San Lorenzo (la festividad del santo es el diez de agosto). Las Perseidas se originan cuando la Tierra atraviesa la estela de partículas que dejó a su paso el cometa Swift-Tuttle, produciéndose un espectáculo que es un auténtico regalo del cielo.

Las Lágrimas de San Lorenzo pueden observarse desde el 17 de julio hasta el 24 de agosto, pero su máxima actividad tendrá lugar la madrugada del día doce de agosto. Y parece ser que este año va a ser más espectacular que otros, ya que la intensidad será mayor. En efecto, los astrónomos utilizan una magnitud llamada Tasa Horaria Cenital -o Zenital- (THZ), que no es sino el parámetro que mide el número de meteoros por hora. Pues bien, la actividad normal de las Perseidas es THZ 100; sin embargo, este año se prevé una THZ 200, al parecer por la influencia de Saturno.

El cielo (como a todo el mundo, supongo) me ha impresionado profundamente desde niño. Y hace años que procuro no perderme este obsequio veraniego que nos hacen los dioses desde la profundidad de la noche. Este año hay un pequeño handicap: ahora mismo tenemos luna llena y la semana que viene, en pleno auge de las Lágrimas, habrá cuarto menguante, lo que hará que sea más difícil ver la lluvia de estrellas. Pero estoy seguro de que, aun así, el espectáculo merecerá la pena.

Me encanta recordar la emoción de otros años, cuando llegábamos al sitio que habíamos elegido, lejos de las luces de la ciudad; y de pronto, aparecía la primera estrella fugaz. Cualquier intento por mi parte de explicar ahora esa emoción, aun cuando utilizara un millón de palabras poéticas, estaría condenado al fracaso: hay que vivirlo para entenderlo.

Este año me gustaría ir a verlas la noche del sábado 15 al domingo 16. Y no sé aún qué sitio elegir. Es fantástico perderse por senderos y castillos, y encontrar un lugar privilegiado y perdido para presenciar el espectáculo. He estado en lugares realmente inolvidables: en un puerto de mar, en un castillo o delante de las ruinas de una ciudad tartesia. Da igual. Lo importante es estar. Y si además se tiene la fortuna de ir acompañado de una persona, o de varias, que sientan también esa pasión, ¿qué más se puede pedir esa noche a la vida?

Al fin y al cabo, la felicidad está construida a base de diminutos momentos infinitesimales... como las pequeñas y fugaces Perseidas.



La Luna en una noche de Perseidas, delante de la ciudad tartesia de Tejada la Vieja.

jueves, 23 de julio de 2009

Rituales de Magia en la Torre del Águila

Una clara tarde de junio, Eli y yo llegamos hasta El Palmar de Troya, una pedanía de Utrera; lo atravesamos y seguimos por las carreteras SE-9015 y SE-9016. Desde varios kilómetros antes, sobre los preciosos campos de girasoles se veía, solitaria y altanera, la Torre del Águila, con la sobriedad que dan los siglos. Alcanzamos nuestro destino, la Barriada de La Cañada, a unos cincuenta kilómetros de Sevilla, donde dejamos el coche, y anduvimos hasta la loma que sube a la Torre.

A pesar de su belleza, estábamos pisando un suelo que en otras épocas fue de discordia y de sangre. La Torre del Águila es una de las muchas fortificaciones que se encontraban a lo largo de la Banda Morisca, esa tierra de nadie que dividía los Reinos de Sevilla y de Granada, donde dos culturas enfrentadas por la religión y por el interés, pugnaban violentamente por un mismo territorio.

El cerro donde se encuentra la Torre no es demasiado elevado, pero sí lo suficiente como para dominar toda la zona y ofrecer un magnífico regalo a la mirada. Al sur, está el pantano del Águila y, en la lejania, las Torres de Lopera y de El Bollo. Al noroeste, El Palmar de Troya y la majestuosa basílica de los cismáticos carmelitas de la Santa Faz. Al noreste, la lluvia quiere romper, y no puede, sobre la campiña.

La torre se encuentra en estado de ruina y le han robado algunos bloques de piedra de la fachada principal, junto a la puerta, que está orientada al oeste. Algunos sillares, al norte y al sur, conservan las marcas de cantero. La puerta estuvo tapiada, por los restos de ladrillo que aún quedan, pero hoy se puede franquear. El interior está sucio y lleno de pintadas, como si las generaciones contemporáneas no soportaran la majestuosidad de este edificio del siglo XIV, o quizás anterior, y quisieran destruirla con su vandalismo. Y a fe que han fracasado, porque aun en ruinas y masacrada, la Torre sigue siendo colosal. Al mirar al techo, se ven dos magníficas cúpulas sobre pechinas realmente imponentes. En esas alturas se encontraban las dependencias del alcaide de la Torre, que debía tener una vista de toda la zona verdaderamente envidiable.

Al sur se encuentra la escalera para subir, pero falta un importante número de peldaños, por lo que el ascenso y, sobre todo, el descenso, resultan arriesgados. ¡No hay necesidad de romperse la crisma! Aunque podemos ver cómo unos zagales del pueblo (mejor dicho, algunos de esos zagales) sí suben.

Pero el interior de la Torre aún guarda una sorpresa más. Una verdadera puerta a otro mundo: en el suelo se hallaban dispuestas en círculo (hasta que los zagales las apartaron y alinearon junto al muro de poniente, allá ellos) varias velas encendidas, con imágenes del Sagrado Corazón, de la Virgen, de San Pancracio y de Fray Leopoldo. Extraordinario. En un suelo en el que ha habido asentamientos humanos desde la Edad del Bronce, se regresa a lo ancestral y se practican rituales mágicos. La elección del lugar no podía haber sido mejor.

Y como si hubiéramos descubierto algo prohibido, nos espera un viento siniestro al salir. Al frente, el cielo ha roto a llorar por fin y las columnas de lluvia caen sobre el campo. Los rayos del sol se abren paso azarosamente entre las nubes.

Un lugar misterioso y mágico. Y quizás lo más sorprendente se encontraba aún enterrado bajo nuestros pies: la perdida ciudad romana de Siarum.



martes, 19 de mayo de 2009

Adiós, Laura

Hoy he recibido una dura noticia. Por algún tipo de sincronicidad, el mismo día en que el mundo llora la pérdida de Mario Benedetti, yo he sabido que la semana pasada fallecía mi alumna Laura.

Laura Victoria, Vicki, luchó como una leona durante dos años. Sin embargo, en esta ocasión venció la enfermedad. Laura ha dejado huérfanos a tres críos. Hace falta mucha comprensión para encajar algunos golpes de la vida.

Y por estar muy ocupado, por tener mucho que hacer, por ir dejándolo todo para otro día, mi llamada y aquel desayuno prometido se demoraron tanto, que no llegaron nunca. Ahora que ya es tarde, me pesa ese pequeño tiempo que no le dediqué.

Sit tibi terra levis, Laura, que la tierra te sea leve.

Te veré en la otra vida.



sábado, 28 de marzo de 2009

Ceremonia de apertura de lugar, bajo la luz de Sirio

En aquel tiempo, yo no sabía aún quién era Emilio Fiel. Y realmente, no fue hasta después de aquella noche cuando supe de él y de las cosas que está haciendo. Aunque me di perfecta cuenta de que el hombre que ofició aquella fascinante ceremonia tenía que ser alguien muy especial.

Sucedió al poco de iniciarse la primavera de 2009, en un lugar de gran tradición mágica y de veneración a la Diosa Madre ancestral: la aldea de El Rocío (Huelva), famosísima en todo el mundo por su Virgen y su romería en Pentecostés. Todavía me pregunto si fue o no una casualidad el que aquella noche, una hora antes, Eli y yo, al más puro estilo romero (aunque no fuera la fecha), nos hubiésemos bautizado el uno al otro en las aguas del sagrado río Quema...

Emilio Fiel y los Danzantes Concheros de Hispania se encontraban en una plaza de la aldea, y él presidía una impactante ceremonia de apertura de lugar, bajo la luz de Sirio, estrella a la que invocó, y que imperaba en el cielo sobre nuestras cabezas. Los Concheros tocaban sus conchas, esa especie de guitarra hecha con el caparazón de una tortuga, aunque no danzaron.

En un momento del magnético ritual, los asistentes fueron ahumados. Cuando todos pasaron, Eli, más valiente que yo, pidió recibir también el incienso sagrado y fue cordialmente acogida. Yo, en cambio, prisionero de mis inseguridades, no me atreví a pedirlo, a pesar de que estaba hipnotizado por la convergencia de fuerzas que allí se manifestaba.

Como tantas otras veces, lamento haber perdido la ocasión.

Ahora que ya todo es distinto, que yo soy distinto, tal vez el destino me dé una segunda oportunidad.



domingo, 15 de marzo de 2009

Exorcismos: ¿quién teme a la palabra del Padre Fortea?


“Por el Dios vivo, por el Dios verdadero, por el Dios santo, / yo te exorcizo, espíritu inmundo, enemigo de la fe, / enemigo del género humano, conductor de la muerte, / padre de la mentira, raíz de todos los males, / seductor de los hombres, provocador de los dolores.


Te abjuro, maldito dragón, / en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, / para que abandones de raíz y que huyas / de este ser plasmado por Dios”.
(Rituale Romanum)

Este fin de semana (14 y 15 de marzo de 2009) se ha celebrado en Toledo el Congreso Nacional “Ciudad de Toledo”, sobre el mundo de lo oculto, la magia y el misterio. Ha contado con ilustres ponentes, como Fernando Sánchez Dragó, Enrique de Vicente o Javier Sierra, entre otros; autores todos ellos que han dicho y dicen cosas verdaderamente sugerentes y rompedoras acerca de lo chocante de este mundo y de los otros.

Sin embargo, aunque bien valdría la pena hablar de todos y cada uno de los ponentes que han asistido al Congreso, voy ahora a referirme únicamente a un singular ausente al mismo. Se trata del Padre Fortea, conocido por todos por ser exorcista y por su esfuerzo divulgador sobre tan siniestra cuestión. El Padre Fortea iba a exponer “El exorcismo: una lucha con los poderes de las Tinieblas”; título más que inquietante, que, por desgracia, ha quedado totalmente relegado por una inesperada prohibición.

La página web de la organización del Congreso ha lamentado tener que comunicar “la caída de la ponencia del Padre Fortea”. Las razones aparecen recogidas en una carta dirigida por el exorcista a la organización, que dice lo siguiente:

“Estimado señor:
Deseo comunicarle con la presente que no me va a ser posible dar la conferencia que tenía prevista en Toledo el 14 de marzo. La razón se debe a que mi superior en la diócesis de Alcalá de Henares (a la que pertenezco) me ha prohibido dar conferencias con carácter general.
Lamento comunicárselo tan cerca ya de la fecha del evento, pero ha sido estos últimos días cuando se me ha comunicado la prohibición.
A todas las personas que le pidan explicaciones a usted, puede decirles que efectivamente yo me comprometí a asistir, pero que como clérigo sometido a obediencia, no me queda otra posibilidad de obedecer. Pregunté si me era posible mantener los compromisos ya adquiridos en la agenda de este año, antes de recibir esta orden, pero la respuesta fue que no.
Siento las molestias que todo esto le pueda ocasionar, pero insisto en que no puedo hacer otra cosa que someterme.
¡Que Dios le bendiga!”

Verdaderamente, todo lo que rodea al Padre Fortea es misterioso...

Al principio era el Verbo. La palabra es poder. La creación comienza con la palabra; y, al parecer, su antítesis, la destrucción, también. Por eso se ha dicho: "la palabra mata".

¿Quién teme a la palabra del Padre Fortea? Se supone que debería ser el Maligno Enemigo, ¿no?



domingo, 1 de marzo de 2009

El Callejón de las Brujas

Todos tenemos la suerte de conocer en la vida a alguna persona extraordinaria. Yo conozco a Alanna. Alanna es una mujer atractiva, más o menos de mi edad, con una aguda perspicacia para leer en los corazones. Lleva una vida corriente, como todos, inmersa en su ciudad (la mía), su época y su mundo. Sin embargo, tiene algunos dones que la hacen especial; eso la ha llevado por derroteros especiales.

Alanna practica la magia Wicca.

Una fría noche de domingo, me llamó por teléfono.

- José María, necesito que me acompañes a un sitio.
- ¿Adónde?
- Yo te guiaré.
- ¿Ocurre algo, Alanna?
- No, tranquilo. Confía en mí.

La recogí con el coche. Daba la impresión de que no sabía muy bien hacia dónde íbamos, pero me guiaba con seguridad y, algo después, nos encontrábamos en carretera. Nos dirigíamos en dirección al noroeste, hacia la Sierra de Aracena. Conforme avanzábamos, Alanna daba más muestras de seguridad. Cuando llevábamos hora y media de camino, Alanna se alteró un poco:

- ¡Aquí, José María, es por aquí!

Nos desviamos de la carretera principal y, unos minutos más tarde, entrábamos en un precioso pueblo: Castaño del Robledo. Era un pueblo pequeño y, a aquellas horas de la noche del domingo, absolutamente solitario. Aparcamos junto a una enorme y fantasmal iglesia inacabada, del siglo XVIII. El macizo edificio no tenía ni vida ni destino. Estaba allí, como un monumento inmenso a lo que pudo ser y no fue. Pero las macilentas y anaranjadas luces que lo iluminaban permitían ver que albergaba vida: en un pequeño hueco en cuadrado que tenía la fachada a medio terminar, podía verse una paloma acurrucada en la fría noche. ¡Aquel lóbrego edificio, tan inerte y, a la par, convertido en refugio de la vida! Una hermosa paradoja para una noche tan cruda.

Comenzamos a caminar, sin saber exactamente hacia dónde íbamos. Alanna parecía abstraída.

- ¿Sabes, José María? Cuando no entendemos a alguien, lo excluimos. Cuando alguien no piensa igual que nosotros, o es diferente, o nosotros lo vemos como diferente, lo expulsamos. Y a veces, hasta lo matamos.

La miré con extrañeza, pero no dije nada. Continuamos caminando por las empedradas calles estrechas del pueblo y llegamos hasta la Iglesia de Santiago. Estaba cerrada y la rodeamos. Alanna siguió hablando.

- A los seres humanos no les suele gustar que alguien se salga del rebaño. En mi caso, hay personas que no entienden que practique la Wicca, a pesar de que es la creencia más espiritual que existe y una forma perfecta de comprender la naturaleza y los divinos principios masculino y femenino. Todavía muchos piensan que la magia es mala, porque creen que toda magia es Magia Negra. Y no es más que miedo e inseguridad lo que les impide acercarse a conocimientos tan ancestrales y tan pacíficos como los que yo practico.

Al final de la fachada de la iglesia aparecía la Plaza del Álamo. Delante, una anticuada cabina telefónica. Por la izquierda, desembocaba un siniestro callejón.

- En otros tiempos, querido José María, era mucho peor. El que no creía en lo que todos creían, si tenía el valor de decirlo, lo pasaba mal. Muy mal. Podía morir por ese motivo.

Y en ese momento alcanzamos el tétrico callejón que subía por la izquierda y vimos su nombre. Nos quedamos petrificados: “Callejón de las Brujas”.

- Alanna, ¿es aquí donde venimos?

Alanna no articuló palabra alguna. Estaba como ensimismada, asustada, en guardia. Era un callejón pequeño y frío, extremadamente frío, cuyos escalones descendían haciendo una curva a la derecha, por lo que no se veía su final. Comenzó a bajar las escaleras. Yo me quedé arriba, observándola, entre perplejo y confundido. Alanna se detuvo y se volvió hacia mí.

- ¿Te das cuenta, José María? El Callejón de las Brujas termina en la Iglesia de Santiago. Termina en suelo sagrado... En este lugar... ¡Dios mío, cuánto sufrimiento hay en este lugar...!

Su rostro estaba estremecido. Sus ojos brillaban y algunas lágrimas corrían por sus mejillas. Una tristeza infinita se había apoderado de ella. De repente, como si acabara de descubrir algo, se sobresaltó y me gritó:

- ¡José María! ¡Deprisa, ven a mi lado!

Yo estaba atónito. No acerté a moverme. Un viento gélido y salvaje se levantó de pronto.

- ¡Rápido! ¡Ven aquí!

Bajé corriendo los escalones. Casi la arrollé cuando llegué hasta ella. Inmediatamente, señaló con su índice hacia el suelo y trazó un círculo invisible que nos envolvió a los dos. El viento arreció y se volvió aún más salvaje y su bramar no dejaba sitio a ningún otro sonido. El frío y el miedo se habían apoderado de mí. Y en ese momento, sucedió algo extraordinario. De las fachadas y del suelo, por todas partes, comenzaron a surgir sombras. Sombras negras de espectros con expresiones de dolor y de pánico. Sombras deformes que yo sentía que eran de seres humanos.

Alanna estaba también aterrorizada. Pero se sobrepuso. Empezó a mirar valientemente hacia las sombras que nos rodeaban amenazantes, intentando atravesar el círculo. Yo empecé a temer que nuestra protección mágica cediera y quedásemos a su merced. Pero Alanna alzó los brazos y exclamó:

- ¡En el nombre de la Diosa! ¡Yo os ordeno que abandonéis la Oscuridad y volváis a la Luz! ¡Y descansad! ¡Descansad! ¡Descansad...!

El viento seguía arreciando. Alanna continuaba repitiendo su invocación. Las sombras corrían de un lado a otro, sin poder atravesar el círculo. De repente, tras una última invocación, como si las hubiera amansado, las sombras dejaron de acosarnos, se detuvieron y se dirigieron callejón arriba; y, en lugar de regresar a las tinieblas de las que provenían, se filtraron por los muros de la iglesia y entraron en el recinto sagrado, desapareciendo. El viento cesó y la paz volvió a reinar en el Callejón. En medio del silencio, nos dejamos caer exhaustos sobre los escalones. Cuando Alanna recobró el aliento, sin dar ninguna explicación me dijo:

- Vámonos, José María. Ya hemos terminado aquí.

A la semana siguiente, regresé a Castaño del Robledo, en busca de respuestas. Ahora era de día y el tiempo era magnífico. Lo que otrora era un pueblo frío y fantasmal se había convertido en un lugar luminoso y lleno de gente por todas partes. Recorrí el mismo camino que había seguido una semana antes con Alanna y llegué hasta el Callejón de las Brujas.

Pregunté a algunos del pueblo por qué aquel callejón se llamaba así. Todos me dieron la misma explicación: en una de las casas, hoy con el techo hundido y en ruinas, en otro tiempo había vivido una bruja; de ahí el nombre.

Esa explicación no me satisfizo. Después de preguntar a varias personas más, en una última intentona, pregunté a un señor muy muy mayor que paseaba lentamente con su bastón, a la altura del callejón, junto a la iglesia. Pensé que, al ser tan mayor, seguramente conocería una explicación más antigua y más exacta. Pero me repitió la misma historia otra vez. Le repliqué, diciendo que eso no me parecía más que una leyenda y que la realidad debía ser otra. El señor mayor me dijo con aire socarrón:

- Hace bien en dudar, amigo. No se crea todo lo que le cuenten. Observe con los ojos del corazón, no con los del pensamiento. Así no se equivocará nunca.

El hombre se alejó lentamente hacia la Plaza del Álamo, perdiéndose entre el alegre bullicio de la gente, en una radiante mañana, cargada de promesas y de futuro.



miércoles, 24 de diciembre de 2008

Un año más es Navidad

Es el tiempo del Amor fraterno. Ha comenzado la cuenta atrás del periodo más intimista del año. Y la Nochebuena es la estrella de estas fiestas en las que todos los sentimientos cobran una intensidad especial y sutil. A muchos se les enciende el corazón de ternura y amor con la familia y con los semejantes. Pero para otros comienza un calvario insufrible de unos días donde es obligatorio ser feliz, porque todo el mundo ha de serlo; aun cuando a ellos les duela la soledad, la pérdida de alguien muy querido o, sencillamente, la vida.

Estos días son muy especiales. Es natural: nos graban a fuego la Navidad durante la infancia y es el referente de lo mejor que hay en el corazón humano. Sin embargo, ¿cómo entender que esta bondad acabe el siete de enero? ¿Por qué el mundo sigue igual después de las fiestas? ¿Es que no ha cambiado nada? Todo vuelve a ser igual, la vida sigue igual, nosotros seguimos igual, yo sigo igual.

¿Qué pasa entonces en Navidad, que toca fibras tan sensibles del alma, para gozar o para sufrir, pero que no cambia nada y sólo dura apenas dos semanas?

El nacimiento de Jesús, lo sabe todo el mundo, no sucedió en estas fechas invernales; mucho menos el 25 de diciembre. El origen de la Navidad es pagano a más no poder, sustituyendo las celebraciones derivadas del solsticio de invierno, desplazando a Mitra, el sol invicto sobre las tinieblas que aterrorizan a nuestra especie. Y desplazando las escandalosas y bullangueras Saturnalia romanas. Hemos sustituido el mítico triunfo sobre la oscuridad por un nuevo culto solar: el Niño Jesús, que, como otras divinidades paganas, nació de madre virgen en una cueva, calentado por una mula y un buey. Y hemos absorbido los excesos de las Saturnales dentro del consumismo desenfrenado y obsceno de la Navidad. En realidad, parece que hemos cambiado poco.

Las tinieblas se nos hacen insoportables. No podemos con la oscuridad, ni siquiera simbólicamente. El acortamiento de los días nos encoge el corazón (mucho más lo hizo en épocas pretéritas). El miedo del ser humano cuando cae la tarde es ancestral. ¿Cómo no vamos a celebrar que los días ya no se acortan más, que empiezan a aumentar, que la Luz ha vencido? ¿Cómo no vamos a festejar que la muerte se ha apartado y que seguimos vivos, un año más? Y sofocamos el miedo que hemos pasado entre celebraciones, comidas y consumo. Paradójicamente, en nombre del Niño Dios nos hartaremos de comer y de beber, para olvidar que todo va a seguir igual; y nos emborracharemos para no recordar que las tinieblas del hambre, del dolor, de la miseria y de la injusticia siguen saqueando el mundo. Pero, qué más da, nosotros y los nuestros seguimos aquí, a salvo; y nuestro Dios-Sol, nuestro Redentor Jesús, ha nacido para eso; ya nos ocuparemos de Él en primavera.

Los símbolos no son desdeñables. Tenemos miedos ancestrales y miedos actuales que aplacar. El mundo seguirá como sigue, pero aquí estamos; y tranquilos, que el sol sigue saliendo todos los días, la noche no ha vencido y todo está bien. Un año más. Y mientras tanto, comamos y bebamos hasta hartarnos, y obsequiémonos unos a otros para demostrarnos que el bien existe, que somos buenos por naturaleza y que todo tiene un orden y un sentido (al menos, estos días). No pensemos. Simplemente, hagamos como que nos lo creemos, y dejémoslo estar.

Pobre Niño Jesús. Pobres de nosotros. Quizás sería mejor que, definitivamente, dejáramos estas fiestas para los niños. O para quienes quieran regresar al mundo de los niños. O a lo mejor es que todos necesitamos regresar a la inocencia de la niñez durante estos días.

Espero que en Nochebuena no me visiten tres espíritus por pensar estas cosas.


martes, 11 de noviembre de 2008

La languidez de la juventud

"La languidez de la juventud, única y quintaesenciada... ¡Qué pronto se pierde para siempre! Todos los demás atributos tradicionales de la juventud: el entusiasmo, los afectos generosos, las ilusiones, la desesperación -todos menos ése-, aparecen y desaparecen a lo largo de la vida. Forman parte de la vida misma. Pero la languidez, la relajación de los músculos todavía no agotados, la mente que busca la soledad y se entrega a la introspección, sólo pertenecen a la juventud y con ella mueren. Es posible que en las mansiones del Limbo los héroes disfruten compensaciones semejantes por haber perdido la Visión Beatífica; también es posible que dicha Visión tenga cierta afinidad remota con esa experiencia terrenal. Yo, por mi parte, creí estar muy cerca del Paraíso durante aquellos lánguidos días que pasé en Brideshead".
(EVELYN WAUGH: Retorno a Brideshead)

Yo no pude vivir la languidez de la juventud. Sin embargo, ahora que no soy joven y que no sé qué me deparará el destino, he decidido que voy a relajar mis horas hasta que también crea estar muy cerca del Paraíso, como el joven Charles Ryder durante aquellos lánguidos días en Brideshead.



lunes, 27 de octubre de 2008

Prometeo o el paso del tiempo

"De Prometeo nos informan cuatro leyendas. Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos de los dioses y éstos enviaron águilas a devorar su hígado, que continuamente se renovaba.
De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.
Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, él mismo se olvidó.
Según la cuarta, todos se cansaron de esa historia absurda. Se cansaron los dioses, se cansaron las águilas y la herida se cerró de cansancio.
Sólo permaneció el inexplicable peñasco. La leyenda pretende descifrar lo indescifrable. Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo inexplicable".
(FRANZ KAFKA: Prometeo)

Hace doce años nos reunimos en Sevilla, en el Café Alameda, y leí lo anterior a algunas amigas y amigos. Ante tal extravagancia, me sentí un poco nervioso; y ellos también. Pero resultó interesante. Al final, propuse un brindis: "Para que nuestra amistad no caiga nunca en el olvido y en lo indescifrable de esa historia". Y brindamos por ello. Algún tiempo después volví a repetir mi lectura, esta vez ante mis amigos de San Fernando (Cádiz) y el resultado fue muy parecido.

Pero ya no estamos todos juntos, ni los de Sevilla ni los de San Fernando. No sé si es normal o, simplemente, como dice la historia, indescifrable. Algunos han seguido otros caminos. Y más lejos aún tuvo que marchar Mª Luisa, a quien no podré volver a ver hasta la otra vida. Sin embargo, la mayoría de los de antaño sigue ahí. Y después han llegado los de hogaño. Estamos unidos por mor del corazón, más allá de la distancia y de la circunstancia. Y todos, todos me hacen la vida más leve y llevadera.

Por eso me causa una plácida tranquilidad el haber sabido que las dos personas que me lo pidieron allende los días, aún conservan como recuerdo los sencillos folios manuscritos con Prometeo, que leí en Sevilla y San Fernando.

Cuando miro atrás en el tiempo, es un alivio sentir el calor de quienes me acompañan en este camino; de los que llevan muchos años a mi lado y de los que acaban de llegar. Y es que tenía toda la razón quien dijo: "No me importa llegar el último, lo que me preocupa es llegar solo".

A los que conmigo vais, gracias por estar ahí. Ojalá que podamos seguir leyéndonos muchas historias y caminando muchos caminos.